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Novapolis, No. 23 (Junio 2024) – ISSN 2307-8693. Pérez Méndez, G. (2024). “¿Dónde están las armas?”. Novapolis, (23), 69-99. Recuperado de https://pyglobal.com/ojs/index.php/novapolis/article/view/158.
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Gonzalo Pérez Méndez
Universidad de Oviedo
ORCID: https://orcid.org/0009-0006-3102-2108
“¿Dónde están las armas?”
La izquierda revolucionaria en Paraguay.
Un estudio comparado (1959-1980)
Recibido: 17 diciembre 2023
Aceptado: 14 junio 2024
Resumen
Aunque acostumbre a ser omitido en los estudios sobre las guerrillas en Latinoamérica, Paraguay también tuvo una izquierda revolucionaria que optó por la lucha armada para derrocar la dictadura de Stroessner y promover cambios profundos en el país. Frente a los conflictos armados que se dieron en otros países de la región, el prematuro fin de las guerrillas paraguayas nos ofrece la posibilidad de ver, por omisión, algunas condiciones comunes a las insurgencias latinoamericanas (Cuba, Colombia, México): la existencia de una frontera abierta como santuario, la permanencia de tradiciones de resistencia armada entre las clases populares… Aplicaremos además un estudio comparado con otras experiencias iberoamericanas (el FULNA y las FARC, las Ligas Agrarias Cristianas y las Comisiones Obreras de España), tanto para desentrañar por qué fracasaron las guerrillas guaraníes como para cuestionar la insularidad a la que la historiografía suele condenar al país, haciéndolo parte de procesos más amplios. De fondo, las interacciones entre los sectores armados y no armados de la oposición a la dictadura, la apertura (y cerrado) de espacios legales, sus dilemas, evolución orgánica y radicalización.
Palabras clave: Dictadura de Stroessner – Guerrillas latinoamericanas – Revolución Cubana - movimientos guerrilleros paraguayos – Partido Comunista Paraguayo
Abstract
Although is often omitted in studies on guerrillas in Latin America, Paraguay also had a revolutionary left that opted for armed struggle to overthrow the Stronessner dictatorship and promote profound changes in the country. Faced with the armed conflicts that happened in other countries in the region, the premature end of the paraguayan guerrillas offers us the possibility of seeing, by omission, some common conditions to Latin American insurgencies (Cuba, Colombia, Mexico): the existence of an open border as a sanctuary, the permanence of traditionts of armed resistance among the popular classes… We will also apply a comparative study with other ibero-american experiences (FULNA and FARC, the Christian Agrarian Leaugues and the Workers' Commissions of Spain), to explain why did the paraguayan guerrillas fail, and also to question the insularity, to which historiography usually condemns the country, framing it in broader processes. In the background, the interactions between the armed and unarmed sectors of the opposition to the dictatorship, the opening (and closing) of legal spaces, their dilemmas, organic evolution and radicalization.
Keywords: Stroessner dictatorship – Latinoamericans guerrillas – Cuban Revolution – Paraguayan guerrilla movements – Paraguayan Communist Party
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Paraguay arrastra una histórica desigualdad en el reparto de la tierra desde la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), que anuló el proyecto de modernidad del Doctor Francia y echó para atrás su reforma agraria, concentrándose cada vez más parcelas en manos de las élites económicas. Otro hito en este proceso fue la larga dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), que para el exiliado Juan Francisco Arrom supuso «uno de los procesos contra-revolucionarios más profundos y duraderos de nuestra historia», sólo comparable con la Guerra de la Triple Alianza (Emanuelsson, 2006). Según los informes de Oxfam (2016), Paraguay sigue siendo el país de América Latina con un reparto más desigual de la tierra superando ligeramente a Colombia, que le sigue en la lista.
En ambas coordenadas nos encontramos con fuertes luchas campesinas que reivindican una reforma agraria aún pendiente. Pero a partir de aquí empiezan las diferencias. La frontera agrícola no significa lo mismo en uno u otro país. Para los campesinos colombianos ha supuesto por mucho tiempo una vía de escape de la pobreza y la represión, hacia tierras inhóspitas convertidas en zonas de colonización, donde la insurgencia[1] echaría raíces, en un país a menudo inabarcable y casi siempre abrupto. En Paraguay, con una orografía mucho más accesible, la frontera agrícola nunca ha permitido alejarse tanto de Asunción como a los parseros de Bogotá. En muchos casos ni siquiera existía esta frontera abierta de selva y monte, sino simplemente latifundios que impidieron el surgimiento de grandes movimientos migratorios, más allá del éxodo rural con destino a la capital (Neupert, 1990). El agro paraguayo suele presentar un aspecto más ordenado, con grandes fincas de producción mecanizada, bien delimitadas y protegidas por guardias privados, aunque eso no impide que existan otros escenarios. Cuando se daban, las colonizaciones no acostumbraban a tener el carácter popular y más o menos espontáneo de Colombia: una de las más importantes fue la decretada por la dictadura de Stroessner, la Marcha hacia el Este, un proceso dirigido, que tenía como objetivo servir de paliativo por la ausencia de una reforma agraria, amén de aliviar la presión demográfica en el centro y sur del país. Una colonización no sólo dirigida, sino a menudo forzada, llegándose a impedir a muchos campesinos volver a su tierra de origen. A diferencia de las colonizaciones en Colombia, que crearon una masa crítica de fugitivos, montaraces y futuros simpatizantes o integrantes de las guerrillas, este proceso consolidó las redes clientelares del Partido Colorado, sobre las que la dictadura mantuvo su paz social, instalando a funcionarios y otros afectos al régimen en lugares estratégicos dentro de cada colonia. Paralelamente se dio la Marcha hacia el Oeste, protagonizada por los brasileños venidos de la otra orilla del Paraná: aunque entre esta masa de inmigrantes también había campesinos sin tierra, en general se trató de una colonización privada, de un plan empresarial en el que intervenían tanto compañías cariocas como multinacionales.
Si nos remontamos más atrás en el tiempo, entre el campesinado paraguayo no había tradiciones demasiado fuertes de resistencia armada, como sí era el caso de sus pares colombianos y mexicanos. Por supuesto que entre el siglo XIX y principios del XX se habían dado episodios de bandolerismo social y milenarismo. Pero más que de movimientos en sí mismos, de tendencias generales, hablamos de expresiones aisladas, esto es, individualizadas, alrededor de figuras como Plácido Jara o José Cáceres. Una excepción la constituían las montoneras, partidas de campesinos armados de una misma población, pero solían estar al servicio de un caudillo liberal, lo que las hacía tomar otro cariz, y en cualquier caso para la década de los 40 ya hacía tiempo que habían desaparecido.
Paraguay y Colombia sufrieron, casi simultáneamente, una guerra civil que condicionaría su siglo XX. Hablamos de la Revolución de los Pynandí (1947) y de la Violencia (1948). Partiendo de una raíz común (la crisis política entre liberales y conservadores) y del mismo contexto internacional (la postguerra mundial), el resultado no podría ser más distinto. Si en Colombia la Violencia evolucionó hacia una guerra de guerrillas con algunos rasgos revolucionarios, en Paraguay el conflicto se mantuvo casi siempre en un enfrentamiento convencional entre ejércitos regulares. Si en Colombia había un importante trasfondo campesino de luchas por la tierra, en Paraguay la guerra tenía motivaciones más puramente institucionales, entre los partidarios de la dictadura y los de la apertura democrática. La alianza que formaban liberales, febreristas (nacional-populares) y comunistas tenía más fuerza en entornos urbanos, donde sí hubo revueltas obreras. Pero el campo estaba prácticamente en manos del bando conservador, el Partido Colorado, a cuyas milicias se unieron masivamente los pynandí (descalzos), mientras el viejo fenómeno de las montoneras liberales no tenía visos de volver a aparecer. Por último, si el Partido Comunista Colombiano (PCC) pudo aprovechar las contradicciones de la Violencia entre liberales y conservadores para alzarse como una tercera fuerza, atrayendo a muchos guerrilleros liberales y extendiendo su influencia entre el campesinado, el Partido Comunista Paraguayo (PCP) tuvo una actitud mucho más seguidista durante la guerra civil, en un esfuerzo para el que no estaba preparado, y que a la larga llevó a muchos de sus cuadros a la muerte, la cárcel o el exilio, una vez que la hegemonía colorada quedó consolidada. Para el PCC la Violencia fue una oportunidad histórica, el comienzo de un nuevo y prometedor ciclo político. La guerra civil en Paraguay, sin embargo, cortó abruptamente el periodo de mayor esplendor del PCP, en plena acumulación de fuerzas y prestigio contra la dictadura conservadora de Higinio Morínigo (1940-1948). Un esplendor que no volvería jamás. Todo esto nos ayuda a entender las diferencias que habrá en unos años entre dos guerrillas tan particulares como las FARC y el FULNA.
Como en el resto de América Latina, la Revolución Cubana tuvo un amplio eco en Paraguay. Tras el fracaso de la huelga general en Asunción (1958), el PCP optó por seguir la lucha armada de Fidel Castro y sus barbudos para derrocar a Stroessner. Esto supuso una notable excepción frente a la mayoría de partidos comunistas latinoamericanos, enfocados en la vía legal hacia el socialismo que entonces exigía Moscú. Para el historiador argentino Mariano Damián Montero (2022) la asunción de la lucha armada fue una decisión genuina del PCP, salida de las circunstancias del país, y no de causas externas como la Revolución Cubana. Sin desmerecer la importancia de estos factores internos, que nos salvan de ver los 60, 70 y 80 latinoamericanos como una mera lucha en abstracto entre el bloque socialista y los EE.UU, nos parece que los hechos fueron por otro lado. En su Manifiesto a la Nación (PCP, 1955) el partido proponía la unión de todas las fuerzas opositoras a la dictadura, siguiendo el programa de frentes populares que la URSS había establecido desde el ascenso del fascismo en la década de los 30. Esto es, una alianza interclasista, con los sectores progresistas de la burguesía nacional y las clases medias, que encerraba una idea de pacto más que de confrontación o insurrección para tomar el poder. Dicha estrategia ya le había sido útil al PCP en la década de los 40, cuando se ganó a muchos intelectuales y estudiantes en la lucha contra el fascismo que representaba la dictadura de Higinio Morínigo, al tiempo que coordinaba esfuerzos con liberales y febreristas (Castells, 2011).
Es cierto, como recuerda Montero (Íbid), que en 1956 el Comité Central del partido constató que la dictadura de Stroessner «cierra el camino pacífico», si bien insistiendo en la formación de un frente popular. Montero reconoce que hasta el final de la década este pronunciamiento a favor de las armas no tuvo ninguna consecuencia práctica, manteniéndose el PCP en el marco de la moderación y la coexistencia pacífica que exigía la URSS. A este respecto, en la década anterior Moscú había decretado la desmovilización de los maquis españoles y los partisanos griegos, las guerrillas más destacadas del movimiento comunista europeo. Todavía iba a ser en 1958 cuando el PCP proclamara la huelga general en Asunción, una acción cívica que tenía mucho más que ver con la estrategia del frente popular que con la vía armada de los 60. ¿Pero qué pasó en 1959? El hecho diferencial de la Revolución Cubana, la demostración de que se podía derrocar a una dictadura por la guerra de guerrillas. Luis Casabianca, el histórico militante del PCP, recordaba que «en 1956 el partido lanza ya la idea de la lucha armada, antes ya de la Revolución Cubana de 1959, pero ya había habido el Asalto a la Moncada en julio de 1953» (Lugo, 2017: 311). Es decir, que el pronunciamiento a favor de las armas de 1956, ambiguo en cualquier caso, ya iba influido por lo que estaba ocurriendo en Cuba, entonces un proceso abierto que en 1959 tuvo su conclusión y constatación.
Nada surge de la nada, y la opción por las armas ya podía tener precedentes en el PCP. Como recoge el historiador argentino Carlos Castells (2011), Humberto Rosales señaló la raíz «putchista-aventurista» imperante en el partido durante la década de los 40, cuando se hicieron esfuerzos por infiltrarse en sectores del ejército). Véase, por otro lado, la toma de la ciudad de Encarnación (1931), en la que participaron algunos de sus futuros líderes, entonces militantes anarquistas, como Obdulio Barthe (Cuenca, 2021a). Pero no todas las modalidades de lucha armada son iguales, y conviene diferenciar estos precedentes de lo que iba a significar el FULNA. La toma de Encarnación se inscribía en la tradición de comunas revolucionarias que habían caracterizado al movimiento obrero mundial desde el alzamiento parisino (1871) hasta el octubre asturiano (1934).
Los rasgos putchistas que identificó Rosales en el PCP de los 40 tenían un origen aún más antiguo, en los golpes de Estado puramente militares que habían antecedido a las insurrecciones obreras. Rasgos que se materializaron en un enfrentamiento convencional entre fuerzas regulares, como lo fue la guerra civil de 1947, en la que tomaron parte los voluntarios comunistas. La guerra de guerrillas en la que se iba a aventurar el partido en 1959 no tenía nada que ver con estos viejos modelos, sino que se guiaría por nuevas teorías salidas de experiencias rabiosamente contemporáneas: primero el foquismo cubano y luego la guerra popular prolongada del maoísmo. Puede que la idea de enfrentar a Stroessner por las armas ya existiera desde hacía tiempo entre los comunistas paraguayos, pero fue la Revolución Cubana la que aportó el cómo, el cuándo y el dónde, su aplicación material, lo que a fin de cuentas es lo que nos importa como historiadores.
El PCP se lanzaba a la guerra de guerrillas con mucho entusiasmo, pero con una escasa preparación y una militancia mermada desde 1947. Así surgía su brazo armado, el Frente Unido de Liberación Nacional (FULNA). Esta guerrilla inició operaciones de una forma espectacular. La Columna Ytororó, un destacamento formado por militantes exiliados, penetró en la selva del Alto Paraná desde Argentina a comienzos de 1960 (Duré y Silva, 2004).
Unos meses antes el Movimiento 14 de Mayo (M-14), integrado por liberales y febreristas, había intentado un plan prácticamente idéntico en esta misma zona. En ambos casos la aventura se saldó con una derrota aplastante, siendo los rebeldes interceptados y masacrados por el ejército. No sólo las fuerzas militares de Stroessner, previamente avisadas, les estaban esperando: también las estructuras sociales de la zona. Ya desde hacía algún tiempo el Alto Paraná estaba siendo escenario de la Marcha hacia el Este. Además de sus objetivos económicos y demográficos, con esta colonización la dictadura pretendía no dejar un territorio vacío que, según las teorías contrainsurgentes de la época, podía ser ocupado por un hipotético movimiento guerrillero (Villagra, 2014: 56), como finalmente ocurrió. Cuando aquí llegaron los rebeldes del M-14 y el FULNA, en vez de su propia Sierra Maestra se encontraron un territorio ya ocupado, donde el control social del régimen se sentía tanto o más que en otras partes del país, y los campesinos no sólo no se unían al levantamiento, sino que conspiraban para delatarlo.
El M-14, aunque igualmente inspirado por la Revolución Cubana, bebía de una imagen más difusa de aquella experiencia. Había surgido en 1958, antes de que los barbudos entraran en la Habana, y de que la teoría del foco del Che cobrara forma como tal (Arellano, 2004). De un modo similar al MOEC-7, la primera (y malograda) guerrilla procubana en Colombia, el M-14 había conocido Sierra Maestra por la radio y las páginas de los periódicos, no por una minuciosa lectura de las obras del Che o Castro ni por un entrenamiento intensivo en las escuelas revolucionarias de la isla, como sí sería el caso de los guerrilleros latinoamericanos que vendrían después. El M-14 se planteaba únicamente derrocar a Stroessner, sin ningún plan concreto de reforma social o nacionalización como los que habían enarbolado los barbudos de Sierra Maestra. Su estrategia era casi la de un putsch: militarista, despreocupada del trabajo político y desconocedora de las tácticas insurreccionales que necesitaba una conspiración moderna, incluida la de los barbudos, que fueron mucho más que una mera fuerza armada, al menos después del fracasado asalto al cuartel de Moncada en 1953. No es casualidad que la incursión del M-14 al Alto Paraná recibiera el nombre de la gran invasión. Ya hacía mucho tiempo que el escritor italiano Curzio Malaparte (1934) había advertido sobre la inutilidad de los viejos golpes de Estado, en sociedades más complejas, con centros de poder que ya no eran sólo el palacio, el congreso o el cuartel de turno. El M-14 fue prácticamente destruido en el Alto Paraná, y tras un último intento guerrillero a manos de su líder Juan José Rotela en el verano de 1960, la única acción de la que tenemos constancia fueron las dos fugas sucesivas de la isla prisión de Peña Hermosa (1961), en las que 55 militantes se evadieron por los bosques tras desarmar y encerrar a sus captores (Ayala, 2011).
El PCP, que sí tenía una alta presencia en el mundo obrero y estudiantil, se lanzó no obstante a seguir apresuradamente la fallida estrategia del M-14, sin haber preparado a sus bases para este nuevo rumbo. Muy distinto era el caso de los comunistas colombianos, que desde la guerra civil de la Violencia habían ido desarrollando un trabajo político progresivo entre el campesinado. En vez de una guerra de guerrillas ofensiva a corto plazo, al estilo cubano, promovieron un modelo de autodefensa armada. Las FARC, que salieron de aquí, no abandonarían plenamente esta línea hasta bien entrados los 70 (Buitrago y Suárez, 2017). Es fácil ver las diferencias entre el FULNA y este grupo, entre una rápida irrupción y un desarrollo paulatino, entre una guerrilla malograda y una insurgencia que duró medio siglo. De todas formas, como señala el investigador británico Andrew Nickson (2013), los comunistas paraguayos en parte se apresuraron a lanzar el FULNA por miedo a quedarse atrás del M-14, al que apoyaban sectores burgueses descontentos con la dictadura, y hasta el gobierno argentino. Los comunistas colombianos tuvieron suspicacias parecidas, en un momento en el que empezaban a surgir otros proyectos revolucionarios y hasta había quien consideraba poco combativas a las autodefensas. En 1961 aprobaban la combinación de todas las formas de lucha, un arreglo diplomático para contentar tanto a las juventudes radicalizadas del partido, a favor de escalar la lucha armada, y a los sectores moderados que exigían centrarse en la movilización legal (Trejos y González, 2013). En cualquier caso, el PCC tenía una posición fuerte en la vida política colombiana, como tercera fuerza por fuera del eje liberal-conservador. El PCP, en una situación más precaria, debía competir por el liderazgo de la oposición a la dictadura con unos partidos burgueses con más apoyos diplomáticos y una mayor tolerancia por parte del aparato represivo[2], lo que puede explicar este precipitado y casi desesperado lanzamiento del FULNA.
A pesar de la apuesta por la lucha armada, los comunistas paraguayos no se volcaron completamente en un programa revolucionario al estilo cubano, manteniendo algunos reclamos de la vieja estrategia del frente popular, como el énfasis en las libertades democráticas y la propuesta de un gobierno provisional (Lugo, 2017). Este totum revolutum se enmarcaba, además de en la carrera con el M-14 y la injerencia de Argentina, en el propio eclecticismo de la URSS, que si bien priorizaba la vía legal al socialismo, en determinadas ocasiones también apoyaba las expresiones armadas de los partidos comunistas. Así, la búsqueda de equilibrios del PCP tenía una profunda dimensión geopolítica. Del mismo modo, en el complejo mundo del movimiento comunista internacional después de Stalin, con una dirigencia soviética más discutida, el PCP estaría aspirando además a una mayor autonomía, como se materializará posteriormente en las controversias entre Moscú y la facción encabezada por el secretario general Óscar Creydt (Harnecker, 2008).
Tras el fracaso de la Columna Ytororó en el Alto Paraná, el PCP le dio una vuelta al FULNA, abandonando la teoría del foco guerrillero del Che para adoptar la guerra popular prolongada que postulaba el maoísmo (Céspedes y Paredes, 2004). Así, se planteaba el enfrentamiento con la dictadura en el largo plazo, con una acción militar combinada con un importante trabajo político, consolidando comités campesinos. Aunque sin incorporar los postulados ideológicos del maoísmo, esta aceptación de su modelo estratégico reafirmaba el eclecticismo del PCP y de la propia URSS, justo al comienzo de la ruptura sino-soviética.
La experiencia más avanzada del FULNA en esta nueva fase sería la Columna Mariscal López, dirigida por el legendario guerrillero y maestro popular Agapito Valiente. Esta unidad ya había tomado en 1960 la ciudad de Barrero Grande. Lejos del Alto Paraná en el que habían fracasado tanto el M-14 como los compas de la Columna Ytororó, Agapito y los suyos operaban en Cordillera, en el centro del país, donde las contradicciones entre el campesinado minifundista y sin tierra y los hacendados se sentían mucho más (Montero, 2022). El PCP llevaba desde el final de la guerra civil adelantando trabajo político entre las comunidades de las que una década después iba a emerger la Mariscal López (Montero, 2019), como también estaba haciendo el PCC con el campesinado del sur de Colombia en medio de la Violencia, aunque la labor de los comunistas paraguayos era bastante más modesta, localizada y discreta. En cualquier caso, estos acumulados ilustran el mejor desempeño que tuvo la Mariscal López frente a otras estructuras del FULNA .
Sin embargo el modelo de comando dual[3], con el que el partido controlaba a la guerrilla, diferenciando claramente el campo político del militar, acarreó grandes problemas. La cúpula del PCP, exiliada en Argentina, exigía plena obediencia a los rebeldes, al mismo tiempo que paralizaba sus movimientos, obligándoles a esperar sus órdenes, que cuando llegaban a menudo ya eran inútiles, para una situación siempre cambiante (Montero, 2019). Esto era muy distinto de lo que ocurría esos mismos años en Colombia, donde las FARC, si bien surgidas como una guerrilla de partido, pronto evolucionaron hacia una estructura autónoma bajo la esfera del PCC, con sus propios dirigentes políticos, cuadros comunistas en la selva (Trejos y González, 2013). Tampoco los militantes del PCP del interior cumplían las tareas logísticas que debían realizar. «El Partido no existía como organización de apoyo» reconoce uno de sus antiguos miembros (Montero, 2020: 11). El comando dual se acercaba al maoísmo y sus tres varitas mágicas (partido, guerrilla, frente) (Comité Central del Partido Comunista de Perú, 1988), donde, al contrario que el foquismo cubano, se concebía la lucha armada bajo una guerrilla de partido, no bajo una organización única e independiente como era el foco. Si la falta de coordinación entre el PCP y la Columna Mariscal López era un extremo en lo que se refiere al comando dual, el otro lo encarnaron, de nuevo en Colombia, los maoístas del PCC (M-L) y el EPL, que no supieron separar respectivamente la estructura política de la militar, en un solapamiento que también tendría graves consecuencias frente a la represión (Villamizar, 2017). Es pertinente la comparación entre estas experiencias, dado que el FULNA y el EPL fueron las únicas guerrillas latinoamericanas directamente influenciadas por el maoísmo en la década de los 60, cuando los rebeldes del subcontinente se escoraban mayoritariamente hacia la teoría del foco de la Habana.
A pesar de los golpes represivos que sufrió el FULNA entre 1964 y 1965, la Mariscal López de Agapito Valiente logró sobrevivir unos años más, viendo cómo el cerco se estrechaba sobre sus colaboradores y simpatizantes entre la población, mientras el PCP se debatía entre reconstruir sus estructuras o seguir apoyando a la guerrilla. Poco después Óscar Creydt, secretario general del partido e (irregular[4]) promotor de la lucha armada, era apartado del poder (Harnecker, 2008). La facción que ocupó su puesto se propuso liquidar definitivamente al FULNA, reduciendo al mínimo el apoyo a lo que quedaba de la Mariscal López y negándose, por ejemplo, al envío de armas, que ahora los rebeldes tendrían que conseguir por su cuenta (Montero, 2020). Tras salir temporalmente del país, pasando por la URSS para recibir entrenamiento y recalando en Montevideo, Agapito Valiente volvería a Paraguay para hacer un último intento, en condiciones muy desfavorables. Con su muerte en 1970 a manos de las fuerzas de la dictadura terminaba finalmente el proyecto de lucha armada que había iniciado el PCP (Duré y Silva, 2004). Habría que discernir si la Mariscal López fue realmente la experiencia más avanzada del FULNA, entendiendo así que otras estructuras iban en su misma dirección, o simplemente un fenómeno excepcional en un proyecto armado lleno de errores. Hacia esto último nos mueven dos aspectos extraordinarios: el trabajo político que realizó en la zona un partido por lo demás eminentemente urbano, siguiendo la tendencia del comunismo ortodoxo latinoamericano, y los propios atributos de Agapito, con un liderazgo y carisma fuera de lo común. A este respecto, Montero (2019) nos recuerda que muchos de estos guerrilleros y colaboradores no hablaban de la Mariscal López, el FULNA o el PCP, sino del «partido de Arturo (el nombre real de Agapito)». Las propias tensiones entre esta estructura guerrillera y la cúpula comunista nos reafirman en dicha hipótesis, que sin embargo, carecemos de la suficiente información para probar.
Algún tiempo después de la aparición del FULNA y el M-14 empezaban a desarrollarse las Ligas Agrarias Cristianas, como reacción al plan de modernización del campo que la dictadura había decretado en el centro y sur del país, mientras en el este seguían colonizándose nuevos territorios. La crisis de los enclaves forestales (tanino, maderas) por los cambios en el mercado mundial había supuesto la irrupción de un nuevo tipo de latifundio, basado en monocultivos farmers (algodón, soja). (Villagra, 2014). En un medio rural cada vez más tecnificado se estaba pasando de una agricultura de subsistencia a una integrada en las lógicas capitalistas y los circuitos económicos mundiales, con una creciente inversión extranjera. El autoconsumo fue sustituido por la exportación a gran escala, en lo que ya empezaba a tomar la forma de un agronegocio. Los minifundios campesinos siguieron retrocediendo frente a las grandes concentraciones de tierra, y los viejos vínculos comunitarios fueron sustituidos por relaciones empresariales, ante las cuales las clases populares sólo podían existir como asalariadas o consumidoras. Era la modernización conservadora anunciada por Stroessner, un modelo desarrollista que inevitablemente iba a expresarse como una acumulación por desposesión: el Plan de Trigo y el Plan Ganadero, por ejemplo, supusieron la privatización de un gran número de tierras comunales. El campo paraguayo acusó una creciente polarización social, entre los latifundistas del agronegocio y un campesinado empobrecido que no se beneficiaba de los avances técnicos o de la ayuda estatal de los anteriores. Esta polarización se estaba convirtiendo en conflictividad, a medida que los arrinconados minifundistas tenían que dar de comer a una población cada vez más grande con menos tierras. Ya desde la década de los 50 la dictadura había puesto su atención en este tema, que en parte también explica la Marcha hacia el Este, como una forma de liberar presión demográfica y social (Nickson, 2005).
Las ligas tanto intentaron romper con este estado de las cosas (marchas, ocupaciones de tierra) como crear el suyo propio (escuelitas, cooperativas, almacenes comunitarios). Contrastan los problemas prematuros del FULNA y sus distintas columnas (Ytororó, Mariscal López) con los éxitos que iban a tener los liguistas en sus primeros años. Frente al carácter necesariamente vertical y centralizado de una organización armada, las ligas, con unos liderazgos más difusos y una mayor dispersión, pudieron esquivar mejor la represión. Si la guerrilla partió evidentemente de una situación clandestina, las ligas comenzaron su andadura valiéndose de los resquicios legales que ofrecía la Iglesia católica, y del apoyo manifiesto de algunos de sus sectores más progresistas, influenciados por los aires del Concilio II y lo que muy pronto iba a ser la Teología de la Liberación. También enfrentados a una dictadura, los antifranquistas españoles habían podido notar un contraste similar, entre el fracaso del maquis a finales de los 40 y las nuevas estrategias de infiltración política, que acabarían acarreando la aparición de las Comisiones Obreras, igualmente con una amplia participación de cristianos de base (Brigada Político Social de Oviedo, 1970).
Las ligas no tuvieron un comienzo ruidoso y espectacular, como lo habían tenido el M-14 y el FULNA, sino un desarrollo progresivo, que hasta hace complicado establecer concretamente cuándo surgieron, si bien se las suele situar a principios de los 60 (Terribile, 2010). En España el origen de las Comisiones Obreras ha suscitado debates parecidos (Vega, 2002). Pero si hasta cierto punto las Comisiones Obreras eran un producto (no deseado) del desarrollismo industrial franquista, con las grandes concentraciones de mano de obra que exigía el modelo fordista, en Paraguay las ligas suponían una reacción rotunda contra un desarrollismo agrario que estaba llevando al campesinado a la descomposición social. Si los sindicalistas españoles ponían en el centro del debate las mejoras salariales, exigiendo su parte en los beneficios del crecimiento económico, los liguistas estaban luchando por su propia supervivencia. Esto no significa que la de las ligas fuese una experiencia meramente defensiva: llegaron a tener su propia concepción de un nuevo orden social, en muchos casos revolucionario (Terribile, 2010), pero aquí quedaba marcado el punto de partida, el desfavorable contexto en el que empezaron a actuar.
Para la izquierda paraguaya las ligas iban a suponer un fenómeno radicalmente nuevo, tanto por su encuadramiento en el Concilio II y la inminente Teología de la Liberación, como por su raíz campesina: y es que los revolucionarios y reformadores sociales del país llevaban mucho tiempo actuando en mayor medida en entornos urbanos, ya hablemos del PCP o del febrerismo. La participación masiva del campesinado en las filas coloradas durante la guerra civil de 1947 había sido para muchos la confirmación de este hecho. Pero en la década de los 60, tras el fracaso de la huelga general en Asunción (1958) y pasadas las viejas revueltas y alzamientos urbanos (1936, 1947), el campo parecía ofrecer nuevos horizontes de lucha. En parte este cambio pudo ser anticipado por el PCP, en su apuesta por la guerrilla rural del FULNA, y especialmente la Mariscal López, con sus comités campesinos y relativa implantación social. Aunque nos parece que en el cambio estratégico de los comunistas influyó mucho más la mística armada de la montaña que se proyectaba desde Cuba, una mística que no siempre coincidía con las posibilidades reales de lucha social en el campo. Sea como sea, la extracción social de los guerrilleros de la Mariscal López nos muestra este nuevo escenario: según los datos recogidos por Montero (2022), y a diferencia de otros grupos armados latinoamericanos, hubo una ausencia casi total de estudiantes y de personas provenientes del mundo obrero y sindical. Algo muy interesante, ya caractericemos a esta columna como una experiencia avanzada o extraordinaria en el recorrido del PCP. No tenemos referencias concretas sobre la Ytororó, la otra gran estructura del FULNA, previa a la Mariscal López, pero al tratarse de una columna formada por militantes exiliados, suponemos que la mayoría de guerrilleros tenían un origen urbano, en los ambientes universitarios y obreros en los que solía hacer presencia el PCP.
Tras la fallida huelga general de Asunción el movimiento obrero que dirigían los comunistas había quedado diezmado (Céspedes y Paredes, 2004). El lanzamiento de la Ytororó se realizó con los restos de esta militancia urbana y con aquellos cuadros que ya se habían exiliado en los años anteriores, bajo la mística de la montaña, sobre un escenario rural, pero no desde una perspectiva campesina. La Mariscal López, también bajo la mística de la montaña, pero con un menor grado de militarismo y una composición ya mayormente campesina, tropezó sin embargo con las contradicciones entre su mando militar sobre el terreno y las directrices del partido desde el exterior, amén de los problemas intrínsecos a la clandestinidad y la lucha armada. Las Ligas Agrarias Cristianas, sin embargo, ya iban a ser un fenómeno del campesino para el campesino, lo cual no quita la presencia de elementos urbanos con un alto nivel educativo, personificados en los clérigos que acompañaron y dinamizaron estas luchas populares. Tampoco ésto iba a significar que las ligas conformaran un movimiento con una independencia plena y efectiva, como veremos más adelante.
Aunque constituyeran un fenómeno novedoso, las ligas tenían algunos antecedentes en Paraguay. Las viejas tradiciones milenaristas conectaban tanto con el cristianismo revolucionario y de base de los 60 como con la centralidad del campo como lugar de anhelos, utopías y emprendimientos, lejos del área urbana donde parecía escribirse siempre la historia nacional. Entre el siglo XIX y principios del XX el milenarismo propiamente rebelde, en oposición al Estado, fue muy fragmentario, con expresiones aisladas e individualizadas, como la del ya mencionado santón José Cáceres, que adoptó la forma de un bandolerismo social (Caballero, 2013). Pero en Paraguay también existía otro milenarismo, de tipo comunitario, más centrado en crear un nuevo orden social sobre el terreno que ocupara la congregación que en la lucha contra el mundo que hubiera extramuros. Las raíces de este milenarismo llegan hasta la época colonial, en las reducciones con las que los misioneros jesuitas agruparon al pueblo guaraní. En tiempos más recientes algunas de estas comunidades religiosas mostraron rasgos, si no completamente socialistas, sí socializantes, como la de Pueblo de Dios (1963). Antes de eso ya habían existido emprendimientos laicos, promotoras de un socialismo utópico, véanse Nueva Australia (1893) y Cosme (1897). Pero unas y otras tenían un carácter claramente exógeno: los jesuitas de las reducciones procedían de Europa, Pueblo de Dios fue fundada por misioneros argentinos y Nueva Australia y Cosme eran asentamientos de inmigrantes australianos (Céspedes, 2010; Benítez, 2022; Martínez, 2021). Esto contrasta con la naturaleza de las ligas, un producto genuinamente local, salido de las comunidades campesinas, o al menos genuinamente paraguayo, si tenemos en cuenta a los sacerdotes de origen urbano. Frente al milenarismo comunitario, como frente al FULNA, las ligas destacaban como una expresión propiamente campesina.
También existían otras diferencias. El milenarismo comunitario, como forma de organización social premoderna, rechazaba la movilización política, y más que desobedecer a la autoridad, procuraba aislarse de ella. Si bien atendían localmente a las hambrunas y otros problemas visibles, estos milenaristas desconocían sus causas estructurales en el régimen de propiedad de la tierra, que era precisamente a donde acabó apuntando la lucha de las ligas. Es fácil hacer una comparativa entre unos y otros, dada la coexistencia en el tiempo y en el espacio de Pueblo de Dios con los liguistas, que desarrollaron sus propios emprendimientos comunitarios, resaltando el de San Isidro de Jejuí, entendido como una avanzadilla del movimiento campesino, y no como un fin en sí mismo. Las ligas recogían el legado del milenarismo comunitario, creando experiencias asociativas regidas por la solidaridad y el cooperativismo, pero evolucionaron políticamente para ponerlas al servicio de algo más grande, un proyecto para transformar el país, y antes que nada, defenderse del expolio y la descomposición social con el que las amenazaba la dictadura. Así, con su minga (trabajo comunitario) los liguistas podían afrontar la crisis de los minifundios campesinos ante la implacable competencia del agronegocio. El jesuita español José Luis Caravias, asociado a las ligas, habló de autogestión para referirse a estos emprendimientos (Villagra, 2014).
En cierto modo, podríamos decir que las ligas tenían rasgos tanto del milenarismo comunitario como del rebelde. Pero igual que cuando describíamos los precedentes de lucha armada en el PCP, hay que marcar el hecho diferencial, los puntos de ruptura que nos permitan desechar la idea de continuidad, que nos permitan hablar de un fenómeno novedoso como lo fueron efectivamente las ligas. A nuestros ojos, fue la conjunción de tres factores. El primero, las contradicciones que desencadenó la modernización conservadora, no entre los campesinos dirigidos por la colonización oficial hacia nuevas tierras, sino entre los que estaban siendo despojadas de las suyas en el centro y sur del país. El segundo, la presencia de cristianos revolucionarios y de base, en el contexto de lo que estaba a punto de cristalizar en la Teología de la Liberación, combinando la doctrina católica con elementos del marxismo, tanto para analizar la realidad como para transformarla. Y por último, la convergencia de estos dos factores en la educación política de los liguistas, que les permitió, junto a sus propias experiencias de lucha, radicalizarse, para conformar un proyecto más definido, con acciones más ofensivas (marchas, ocupaciones de tierras), dirigiéndose por fin contra las estructuras económicas que seguían rigiendo sus vidas. Según un antiguo dirigente liguista, «buscando vivir en comunidad, nuestras ideas seguían vagas, pero luego nos dimos cuenta de que esas experiencias tampoco eran la solución (…) para defender nuestros intereses de clase deberíamos influir en el Estado» (Espínola, 2011: 111). Así, tras un largo proceso organizativo e ideológico las ligas acabarían superando los rasgos del milenarismo comunitario, al que se asemejaron en un principio. La utopía religiosa (o al menos, exclusivamente religiosa) dio paso a un anhelo por un cambio social más palpable. Entretanto, aunque los milenaristas que aún quedaban en Paraguay siguieron aislados en sus parcelas, la dictadura no hizo ningún esfuerzo por distinguir entre enemigos y simples obstáculos, descargando sobre ellos la represión a fin de habilitar sus tierras para el agronegocio. Como señala Céspedes, citando al sociólogo Ramón Fogel, congregaciones como la de Pueblo de Dios quedaron rápidamente obsoletas, ante una modernización conservadora que sólo dejaba dos opciones: organizarse para luchar o huir, pero ya nunca más apartarse del mundo exterior (Céspedes, 2010: 49).
Paralelo a este desarrollo político, pronto llegó un punto en el que las ligas desbordaron el marco legal impuesto por la Iglesia, que inicialmente las había apoyado como contrapeso a los comunistas, y por la presión e implicación de los sectores progresistas del clero. No obstante, hasta ese momento el apoyo de la Iglesia no había sido unánime, sistemático ni tampoco incondicional. Ya en 1965 se produjo en Cordillera el trágico episodio del rebautismo: el clero local, bajo órdenes del arzobispado, volvió a bautizar a más de cien campesinos bajo la acusación de ser comunistas colaboradores de la Mariscal López, humillándolos en público y contribuyendo a su estigmatización, junto a las fuerzas de Stroessner. Aunque este escarnio iba más dirigido hacia el FULNA, también afectó a algunos liguistas (Colmán, 2020), y en cualquier caso ponía en entredicho la defensa de las libertades y el compromiso antidictatorial del que hacía gala la Iglesia paraguaya. Desde la década de los 70 las reuniones liguistas, antes bajo la protección del clero, empezaron a ser clandestinas. Las ligas no sólo habían desbordado a la Iglesia, sino que estaban chocando con ella. Por ejemplo, llegaron a ocupar propiedades eclesiásticas, después de que algunos clérigos delataran a sus militantes, llevándolos a la muerte en los centros de detención de la dictadura (Espínola, 2011). Otra causa de discordia fue el emprendimiento de San Isidro de Jejuí, ejemplo para otras experiencias asociativas de las ligas, cuya autonomía hizo que la cúpula de la Iglesia le retirara su apoyo (Terribile, 2010).
Los cristianos de base y revolucionarios siguieron tomando partido por las ligas, pero hasta ellos mismos tenían cada vez menos margen para maniobrar, dentro y fuera de la Iglesia. Algunos abandonaron el sacerdocio, otros fueron expulsados y hasta los hubo que acabaron exiliados, como le ocurrió especialmente a los jesuitas, que habían tenido un papel clave en las ligas y su articulación con otros actores sociales. Ya con ocasión del rebautismo de 1965 se había vivido una profunda crisis al interior de la Iglesia (Colmán, 2020), que seguiría en los años siguientes.
Al elevar el nivel de protesta y radicalizarse, la represión estaba fijando a los liguistas como blanco absoluto. Secundamos la tesis de Montero (2019): hubo un desfase en la evolución del FULNA y de las ligas. Cuando la guerrilla necesitó a un movimiento campesino los liguistas aún estaban en una fase embrionaria, y cuando a éstos les hizo falta un poder armado que los protegiera de la represión, el FULNA ya estaba prácticamente desarticulado. A ojos de Montero, de haber sobrevivido Agapito Valiente esta confluencia hubiera podido ser posible, pues gozaba de una gran popularidad entre el campesinado y estaba capacitado para reorganizar la guerrilla. Nótese, de todas formas que también había una diferencia geográfica: la columna de Agapito tenía su base en Cordillera, mientras que las ligas habían surgido más al sur, en Misiones, si bien luego se expandieron por otras regiones. Nos gustaría añadir un apunte a lo formulado por Montero: además de armas, a las ligas les faltó una conducción política, en el momento en el que cortaron lazos con la Iglesia, adquirieron mayor autonomía y entraron en una fase de organización más avanzada. Este papel podría haberlo cubierto un PCP que ya había soltado amarras igualmente de la guerrilla, pero el fracaso del FULNA, junto a las heridas aún abiertas de la guerra civil de 1947, le había dejado sumamente debilitado, hasta convertirse en una fuerza casi residual. Es distinto del caso español, donde el PCE, aunque no creó las Comisiones Obreras, sí logró controlarlas (Erice, 2020), tras haber decretado el fin del maquis, manteniéndose como el polo atractor de la oposición a la dictadura.
Por supuesto, también cabía la posibilidad de que las ligas tomaran por sí mismas su conducción política. Al fin y al cabo, desde mediados de los 60 se había dado todo un proceso organizativo que les condujo precisamente a desbordar el marco legal, la agenda y la influencia de la Iglesia. A pesar de que las ligas habían surgido como entes regionales autónomos, al coordinarse también evolucionaron hacia un modelo federal (Espínola, 2011). Pero parece como si, en cuanto se desligaron definitivamente de la Iglesia, este proceso organizativo se hubiera parado, mientras algunas ligas quedaban paralizadas, otras se radicalizaban hacia la vía armada y muchas caían ante las brutales oleadas represivas de los 70. Las ligas tenían una naturaleza genuina, surgida de las comunidades campesinas, aplicaron una autogestión económica y lograron desarrollar una autonomía organizativa, pero no fueron capaces de alcanzar una plena independencia política. El contexto de la dictadura, por supuesto, no era el más favorable.
En las luchas campesinas que darían origen a las ligas ya había estado presente el debate sobre la pertinencia o no de utilizar métodos violentos, sin llegar a un consenso (Terribile, 2008). No parece que cuando esta violencia se expresaba lo hiciera de forma armada. Tampoco que los liguistas contaran con medios para ello. Margarita Durán, historiadora y militante en las ligas, recuerda los preparativos para enfrentar el desalojo de un templo: «arrimamos bancos (…) Cada uno buscó un "arma" con qué defenderse: candeleros, escobas» (Durán, 2023: 40-41).
La defensa de los campesinos también había avivado discusiones en el PCP y el FULNA. La negativa de la cúpula del partido a proteger a los simpatizantes que estaban siendo reprimidos provocó que algunos militantes abandonaran la organización (Nickson, 2013). Esta incapacidad (y a veces desinterés) afectó no sólo a la proyección de la guerrilla paraguaya, sino a su propia credibilidad. Al contrario que en Colombia o en México, no se dieron expresiones de autodefensa armada que pudieran proteger al campesinado o a los opositores políticos del brutal aparato represivo de la dictadura, una autodefensa que a menudo servía como punto de partida para proyectos más ambiciosos (FARC, PDLP)[5]. Las guerrillas paraguayas se habían propuesto objetivos más propiamente maximalistas, como el derrocamiento de Stroessner. En cierto modo, se podría decir que habían empezado la casa por el tejado. Era lógico, de todas formas, que tuvieran esta visión, dada la ausencia de tradiciones de resistencia armada lo bastante fuertes entre las clases populares. Si las FARC y el PDLP estaban arraigadas a dichas tradiciones, el M-14 y el FULNA flotaban en un vacío, más aún teniendo en cuenta que entraron a operar a un medio social diseñado por la dictadura, como eran las zonas de colonización. Tal era su precariedad en un ambiente tan hostil, que estaban demasiado ocupados luchando por su propia supervivencia como para asumir funciones de autodefensa.
Con el debate sobre la violencia aún pendiente, a mediados de los 70 sectores radicalizados de las ligas contactaron con nuevos proyectos guerrilleros, todavía en estado de desarrollo: el EPR y la OPM (Wellbach, 2012; Céspedes y Paredes, 2004). A primera vista puede sorprender que los liguistas, salidos del medio rural, buscaran apoyos en dos organizaciones urbanas y compuestas mayoritariamente por universitarios. En el caso concreto de la OPM, Montero señala que fue debido a la ausencia de una guerrilla propiamente rural. Para el autor, el aliado natural de las ligas hubiera sido Agapito Valiente, ya entonces fallecido (Montero, 2019). Al percibir que los caminos de la lucha social se les estaban cerrando los liguistas decidieron contactar con estos proyectos guerrilleros, tanto por un proceso de radicalización como por pura supervivencia, en busca de un poder armado que les protegiera y una arquitectura segura para la clandestinidad. Probablemente también querían encontrar en el EPR y la OPM una conducción política que les sacara de la encrucijada en la que estaban metidas.
El Ejército Paraguayo Revolucionario (EPR) y la Organización Político Militar (OPM) eran proyectos de guerrillas urbanas surgidos en la década de los 70. A pesar de su carácter marxista y revolucionario, se encontraban fuera de la órbita del PCP, una fuerza ya casi irrelevante políticamente. Estos dos nuevos grupos recibían entrenamiento e inspiración de las guerrillas argentinas: el EPR del PRT-ERP (Wellbach, 2012) y la OPM de los montoneros (Boccia, 2004). A diferencia de las ligas, el EPR y la OPM eran más una consecuencia de la modernización conservadora que una reacción a ésta: habían surgido al calor de los procesos de urbanización del país, con un campo tecnificado que expulsaba población hacia la ciudad, y un creciente acceso de las clases populares a la universidad. Junto a la percepción de dicho cambio social, amén de la derrota del M-14 y el FULNA, estos grupos estaban influenciados por la ola de la guerrilla urbana que había irrumpido en el resto del Cono Sur a finales de los 60, tras los fracasos del foquismo rural en buena parte del subcontinente: eran los tupamaros en Uruguay, la ALN en Brasil, las ya mentadas guerrillas argentinas y el MIR en Chile. Hasta ese momento la lucha armada contra la dictadura no había tenido expresiones urbanas. Si bien la federación estudiantil del PCP colaboraba con el FULNA, se limitaba a cumplir un papel auxiliar, consiguiendo armas para la guerrilla, y en cualquier caso, sin ser orgánica a ella (Montero, 2022).
En la tradición del M-14 y el FULNA, el EPR había sido creado por paraguayos exiliados en Argentina, alrededor de 1971. Sus reuniones fundacionales estuvieron presididas por una fuerte discusión en torno a qué línea seguir para derribar la dictadura. Aquellos que ya habían sido entrenados por el PRT-ERP proponían seguir las labores formativas en la propia Asunción, donde empezarían una guerra popular prolongada de corte urbano, siguiendo los planteamientos de la guerrilla argentina. Otro sector del EPR consideraba que la experiencia argentina no era extrapolable a Paraguay, pues el régimen de Stroessner ya estaba demasiado consolidado y su aparato represivo detectaría con facilidad cualquier esfuerzo prolongado en su contra. Además, bajo su punto de vista Asunción era una ciudad demasiado pequeña para el anonimato que necesitaba cualquier guerrillero urbano. Para este sector la única opción viable era asestar un único golpe, un atentado contra Stroessner. Ésta fue la línea que finalmente tomó el EPR (Wellbach, 2012).
El grupo contaba con elementos destacados, como el opositor político Agustín Goiburú, que en 1970 había protagonizado un golpe mediático contra la dictadura, al fugarse de su celda en una comisaría de máxima seguridad, en una operación compleja que incluyó el cavado de un túnel, el robo de un taxi, el uso de uniformes policiales y de casas de seguridad (Cuenca, 2021b). Otro era Rodolfo Ramírez, también participante en este operativo, que había recibido entrenamiento militar del gobierno cubano a mediados de los 60 (Ortiz, 2016). A pesar de estos precedentes, amén de la instrucción por el PRT-ERP y una cuidadosa estructura compartimentada en células clandestinas, el EPR fue desarticulado en 1974, tras dos años de actividad clandestina y tres intentos fallidos de matar al dictador, con una bomba por control remoto que nunca llegó a detonar (Wellbach, 2012).
Más o menos al mismo tiempo que el EPR era desarticulado la OPM empezaba a tomar forma en el país. Como aquel grupo, su origen se puede rastrear a principios de los 70, cuando varios estudiantes paraguayos exiliados en Chile se empezaron a concentrar alrededor del carismático Juan Carlos Da Costa, que ya había sido detenido, torturado y deportado por las fuerzas de Stroessner (Comisión de Verdad y Justicia, 2008). La OPM, por ser una organización más grande, compleja e inclinada al trabajo político, nos permite entender en mayor medida que el EPR las implicaciones de los procesos de urbanización y masificación de la educación superior en el Paraguay de la época. Este proyecto llegó a implicar a alrededor de 600 personas (Céspedes y Paredes, 2004), una cifra bastante lejos de los reducidos círculos militantes del EPR. Si estos últimos, como antes el M-14, no encontraron ni crearon un apoyo social en suelo paraguayo al abandonar el exilio en Argentina, Da Costa y sus compañeros tuvieron el ánimo y la capacidad para conformar un proyecto de masas que unía a sectores rurales y urbanos, a ligas campesinas y colectivos estudiantiles. Su gran referencia y apoyo fuera del país fueron los montoneros, que precisamente constituían la expresión armada de las masas peronistas de izquierdas. Andrés Colmán, periodista y experto en la izquierda revolucionaria, recoge las palabras del médico e investigador Alfredo Boccia, para el que la OPM fue «el intento más serio de crear una resistencia armada» en la segunda mitad de la dictadura (Colmán, 2016).
Una parte importante de la OPM procedía de las aulas de la Universidad Católica, que en los 70 se había convertido en un espacio clave para la socialización de las ideas de izquierda y las actitudes rebeldes entre los jóvenes de la época. En retroceso desde la huelga en la Universidad Nacional de Asunción (1956) y el cese de actividades de la Federación de Estudiantes Democráticos Revolucionarios del PCP en los 60, las luchas estudiantiles cobraban un nuevo impulso gracias a la masificación de las aulas. Se conformaba así el Movimiento Independiente (MI), un frente de masas contra la dictadura al margen de los partidos tradicionales, que tenía su bastión en la Carrera de Sociología. Como en el caso de las ligas, los sectores progresistas de la Iglesia influenciaban, protegían y amparaban a este movimiento estudiantil. Principalmente en la Universidad Católica, pero también en los colegios Cristo Rey, Técnico San Javier o San Francisco. Los jesuitas, con una fuerte presencia en el mundo educativo, eran también aquí los principales promotores de este apoyo. De hecho, llevaban favoreciendo el contacto entre los estudiantes y el campesinado desde finales de los 60 a través de programas de trabajo como el Servicio de Extensión Universitaria (Soler, 2014).
Pero al radicalizarse el MI desbordó a la Iglesia y acabó perdiendo su protección, como también le estaba pasando a los liguistas. La Conferencia Episcopal Latinoamericana en Bolivia de 1972 ya estaba suponiendo en todo el subcontinente una reacción conservadora ante el avance de la Teología de la Liberación, que la Iglesia paraguaya empezaría a aplicar el año siguiente, reduciendo su activismo contra la dictadura e intensificándose las tensiones internas (Telesca, 2004). Atrás quedaban las protestas estudiantiles contra la visita a Paraguay de Nelson Rockefeller en 1969 (Soler, 2014), que los clérigos habían incitado y apoyado, en lo que probablemente fuera el pico de la conflictividad entre la Iglesia y Stroessner. Aunque el activismo antidictatorial y el respaldo a los estudiantes opositores aún duró unos años, y a comienzos de los 70 la relación entre éstos y la Iglesia aparentemente era muy estrecha, la tendencia ya era a la baja. A mediados de la década, cuando el alejamiento de la Iglesia ya era plenamente visible y la amenaza de la represión cada vez más certera, buena parte del MI fue sintiendo que las vías legales para la acción política se iban cerrando, lo que llevó a un sector importante a unirse a la OPM (Soler, 2014).
Frente a las tesis militaristas y de tiempo corto del EPR, la OPM optó por la acumulación de fuerzas en silencio, a fin de construir una sólida estructura guerrillera antes de empezar a actuar. Si bien se basaba en células clandestinas compartimentadas similares a las del EPR, se podría decir que la OPM murió de éxito: tan rápido y brusco fue su crecimiento desde 1974, que se hizo imposible integrar a toda esta marea de nuevos militantes, que incurrieron en problemas de indisciplina y no interiorizaron la cultura de seguridad, clandestinidad y conspiración (Céspedes y Paredes, 2004). En 1976 un militante fue detenido casualmente en un control rutinario de fronteras. La cúpula de la OPM tardó demasiado tiempo en ser informada de este suceso, lo que dejó a la organización expuesta. En pocos días se desmoronaría, ante una oleada represiva que supuso la detención de cientos de militantes, y el exilio de otros tantos. Dos años después algunos mandos supervivientes intentarían reconstruir la organización desde Argentina, siendo descubiertos y encarcelados al poco de volver a Paraguay (Boccia, 2004).
Si bien tanto el EPR como la OPM fueron proyectos abortados de forma prematura tampoco podemos afirmar, como se hace habitualmente, que se les desarticuló antes de alcanzar un mínimo nivel operativo. Véase Colmán, que concluye que el intento de la OPM «fue desmantelado (…) sin que sus miembros hayan podido llegar a realizar una sola acción armada» (Colmán, 2016). Queremos hacernos eco de algunos hechos que desmienten estos planteamientos. Por ejemplo, Boccia señala un «único operativo violento» en el caso de la OPM, ya en 1974: el infructuoso asalto a un sacerdote para robar un maletín lleno de dinero, hiriéndolo pero sin lograr hacerse con el botín (Boccia, 2004). Dado que después de este incidente aún no se conoció la existencia de la guerrilla, entendemos que fue un operativo meramente económico, sin ser reivindicado políticamente. Ya hemos dicho que la OPM todavía estaba en una fase de consolidación antes de pasar a la ofensiva y saltar a la escena pública, pero este tipo de acciones para obtener recursos son ineludibles, incluso cuando se trata de acumular fuerzas en silencio. Por otra parte, en su estudio sobre la memoria de las víctimas de la dictadura, Aníbal Casco menciona «dos enfrentamientos armados» entre la policía y los militantes de la OPM, al momento de ser detenidos, durante la caída de 1976. En uno de estos tiroteos resultó herido el comisario Giménez, y en el otro, el comisario Alberto Cantero (Casco, 2020).
Aunque nunca logró detonar la bomba que mataría a Stroessner, los tres operativos (fallidos) del EPR nos indican un nivel de actividad que no se puede desdeñar, más aún teniendo en cuenta que el único fin de esta guerrilla era precisamente realizar este atentado. Así mismo, y al margen de que resultaran infructuosas, estas acciones tuvieron que ir precedidas de todo un trabajo de logística e inteligencia que muestra cierta capacidad, al ponerlo en el contexto de máxima vigilancia que se vivía en Asunción, una ciudad tomada por la policía y llena de pyragüés (confidentes). Suponemos que la OPM, incluso en el marco de su acumulación de fuerzas en silencio, también tuvo que tener un mínimo nivel operativo para mantenerse en la clandestinidad, como demuestra el asalto al sacerdote en 1974, y probablemente otras actividades logísticas más discretas.
El EPR, por su concepción militarista y de tiempo corto, no se relacionó tan profundamente con movimientos no armados como lo haría la OPM (ligas, MI), pero que sepamos, al menos sí tuvo vínculos con el MOPAL, una organización clandestina dedicada exclusivamente a la propaganda y la formación política. Los militantes del MOPAL mantenían debates con los del EPR, y en su mimeógrafo se imprimía el periódico de la guerrilla (Céspedes y Paredes, 2004). Aunque el régimen intentó presentar al MOPAL como el brazo político del EPR (o al EPR como el brazo armado del MOPAL), estas acusaciones nunca pudieron ser probadas (Comisión de Verdad y Justicia, 2008).
La de los 70, especialmente desde 1974, fue una década especialmente fatídica en lo que se refiere a la represión. La dictadura utilizó el descalabro del EPR y la OPM para desencadenar un brutal ataque sobre el conjunto de los movimientos populares, ya fuera porque diera con ellos a través de estas guerrillas (como le pasó al MOPAL, que quedó al descubierto al desmantelarse el EPR), o simplemente como un pretexto para reprimir a todo aquel que alzara la voz. A la caída de la OPM siguió, en la primavera de ese mismo año de 1976, la desarticulación de las ligas a escala nacional, en lo que se conoció como la Pascua dolorosa (Comisión de Verdad y Justicia, 2008), quedando sólo algunos restos a nivel local. En 1980, dos años después del fallido intento de reconstruir la OPM, algunos antiguos liguistas, junto a militantes de una escisión maoísta del PCP, asaltaron un autobús, obligando a cambiar su rumbo a la ciudad de Caaguazú, con vistas a provocar una insurrección. Rápidamente se desató un cerco represivo sobre los rebeldes, que fueron masacrados (Céspedes y Paredes, 2004). El último intento de lucha armada contra la dictadura marcaba así el fin de la década. También se dio entonces otra oleada represiva contra los restos de los movimientos populares, que sufrieron así un duro golpe, del que no se recuperarían hasta bien entrados los 80. Entre redadas, torturas y desapariciones, el aparato represivo de la dictadura había afinado sus métodos, aplicando la Doctrina de Seguridad Nacional y actuando aún con mayor violencia que en el pasado (Nikolajczuk, 2016). Para Nickson (2013) este aparato represivo, aunque brutal, era selectivo y controlado, capaz de desarticular los proyectos guerrilleros prematuramente, antes de que se consolidaran. Frente a eso los rebeldes no pudieron o no supieron desarrollar las contramedidas necesarias. Antonio Barret, antiguo militante del PCP, recuerda que en la década de los 60 «tuvimos más suerte (…) la represión era a lo bruto, pero más adelante fueron aprendiendo (…) empezaron a utilizar la inteligencia, empezaron a infiltrar, y ese fue el principio del fin» (Montero, 2020: 12-13).
Podemos entender el prematuro fracaso del EPR y la OPM en los 70, frente al cierto desarrollo que aún pudo tener el FULNA en la década anterior, a la luz de esta evolución del aparato represivo. También hay que tener en cuenta que en la guerrilla urbana cada fallo de seguridad se paga más caro y más rápido. Los rebeldes rurales, de todas formas, no podían encontrar ningún amparo en la frontera agrícola; un espacio de control social más que de rebeldía, un bastión del régimen más que una zona gris. La ausencia de un santuario, junto a los problemas de contramedidas de los rebeldes y la falta de funciones de autodefensa armada, impidieron que existiera una arquitectura segura para la clandestinidad, bajo la que se pudieran guarnecer tanto los propios proyectos guerrilleros como los opositores políticos quemados. Al contrario que en otros países (el Salvador, Colombia, México), los rebeldes no podían defender a los opositores políticos, ni mucho menos esconderlos, lo que afectó a su propia credibilidad y crecimiento: y es que en contextos especialmente represivos muchos sindicalistas, militantes estudiantiles o líderes sociales se pasan a la lucha armada por pura supervivencia. Un proceso de radicalización que inevitablemente necesita una base material. Sin santuario tampoco puede haber utopías: la falta de una frontera abierta de selva y monte nos lleva al carácter totalizador, incluso totalitario, de la modernización conservadora de Stroessner, que no permitió ninguna experiencia asociativa por fuera de ella, como muestra la brutal represión que se desencadenó tanto contra los emprendimientos de las ligas, como contra los milenaristas de Pueblo de Dios. Tampoco había una autodefensa armada para proteger estos otros mundos. Sí hubo un santuario externo, especialmente en Argentina, pero la consolidación de regímenes dictatoriales en todo el Cono Sur, coordinando sus agencias de inteligencia en el Plan Cóndor, convirtió al país vecino en una trampa para los exiliados y conspiradores que allí recalaron (Roniger, Senkman, Sosnowski y Sznajder, 2021).
Junto a los errores políticos y militares de los rebeldes paraguayos, sus fracasos han de ser puestos en este contexto tan hostil. Hostil también en el plano ideológico, donde la dictadura tuvo otra victoria en la forma de caracterizar a sus enemigos. Fiel a la Doctrina de Seguridad Nacional que imperaba en toda América Latina, hasta los cristianos progresistas de las ligas fueron señalados como comunistas. Pero lo verdaderamente determinante fue la capacidad para presentar como una conspiración extranjera al conjunto de la oposición, invocando el fantasma de la Guerra de la Triple Alianza, un recuerdo útil y persistente en la memoria popular, que proyectó sus miedos y su odio manifiesto sobre la izquierda revolucionaria. Tampoco ayudaron las incursiones militares desde el extranjero con las que empezaron las guerrillas, proclamando, al menos en el caso del M-14, una gran invasión. La insurrección que se pretendía provocar se estrelló contra la hábil propaganda del régimen. Algo similar ocurriría poco después en Bolivia, donde el Che y sus guerrilleros se vieron aislados por un dictador que hablaba quetchua (Lamberg, 1979) y les señalaba como agentes provocadores del extranjero. También en Colombia las comunidades que un día formarían las FARC fueron acusadas de ser repúblicas independientes (Villamizar, 2017), lo cual no fue suficiente para desnaturalizarlas como un elemento exógeno. Malos mexicanos fue el estigma que se les quiso poner a los miembros del PDLP y otras guerrillas del país azteca (Glockner, 2019). Pero como en el caso anterior, constituían una expresión genuinamente nacional, un producto de las tradiciones de resistencia armada del país con un innegable arraigo social. Cuestiones que no estaban presentes en Paraguay.
La década inconclusa, tituló Boccia su libro sobre el surgimiento y la caída de la OPM en los 70. Y es que estos fueron unos tiempos inconclusos para la izquierda revolucionaria paraguaya, tanto en sus expresiones armadas como no armadas. Ni las ligas ni las sucesivas guerrillas lograron crear una oposición sólida y permanente a la dictadura. La articulación entre unos y otros había sido cortada abruptamente antes de consolidarse. Es cierto que al menos se había avanzado un paso más respecto a los 60, cuando se dio el desfase entre las ligas y el FULNA. Pero para la década de los 70 coincidir en el espacio y el tiempo no era garantía de nada en un país hípervigilado: faltaba la fuerza y la logística para que esta unión no se materializara en una simple redada. En la Colombia de finales de los 70 el ELN sí fue capaz de encontrarse, articularse y parapetarse con distintos movimientos políticos; de todas formas en un país bastante más grande y disperso, donde además ya operaban otras guerrillas que ocupaban la atención del Estado. La de la izquierda paraguaya en los 60 y 70 es una historia de desencuentros; mejor dicho, de encuentros que no llegan a producirse, de encuentros demasiado pronto, o demasiado tarde. Las guerrillas, por otra parte, no pudieron crear por sí mismas un movimiento político amplio, ni tampoco las ligas pudieron conformar su propia guerrilla, o al menos sus propios mecanismos de autodefensa armada. Los sucesos de Caaguazú (1980) supusieron la versión más extrema y trágica de estos desencuentros, con una minoría radicalizada que decidió tomar las armas cuando ya no había proyectos armados, apenas quedaban movimientos populares en activo y el régimen era más fuerte que nunca. Otros desencuentros se dieron a nivel táctico, al no darse una adecuada combinación de las formas de lucha, ya hablemos del totum revolutum del PCP, irregular y errático, o de las ligas, que no hicieron un aprovechamiento crítico de los resquicios que les ofrecía la Iglesia para combinar la acción legal e ilegal, en lo que los salvadoreños del FMLN llamarían el poder de doble cara. En un plano internacional, y fuera del control de los rebeldes paraguayos, se dio el desfase con el PRT-ERP y los montoneros. La OPM y el ERP apenas pudieron beneficiarse fugazmente de su apoyo: todavía no existían en 1970, al momento de surgir las guerrillas argentinas, y cuando más las necesitaban, a mediados de la década, los montoneros y el PRT-ERP ya había comenzado su declive, entre los vaivenes del peronismo y la irrupción de una nueva dictadura, lo que les hizo revisar sus prioridades. La izquierda revolucionaria paraguaya, habitante de un país periférico entre periféricos, lejos de las áreas estratégicas de la Guerra Fría en América Latina, sufrió por lo demás un fuerte aislamiento internacional, tanto respecto a los países socialistas como a otros movimientos populares.
Del mismo modo que estudiamos la aparición de insurgencias, capaces de movilizar a las masas y sostener conflictos armados, como ocurrió en esta misma época en Colombia o el Salvador, resulta pertinente preguntarnos por qué en otras latitudes esto no se da, incluso cuando hay igualmente contradicciones sociales y un clima político muy represivo. El caso de Paraguay, aunque acostumbre a ser olvidado en los estudios latinoamericanos, es realmente paradigmático, con unas guerrillas que no llegaron a dar este paso a la insurgencia y dejar atrás los meros círculos conspirativos. Hace falta superar ese enfoque que en las últimas décadas nos ha hecho ver los conflictos armados como anomalías históricas (a veces endémicas, véase la guerra colombiana), y la paz social como una situación natural que no hace falta explicar. Este enfoque, inspirado por el discurso demócrata y de los derechos humanos dominante desde los 90, resulta tan irreal como aquel otro surgido en el furor revolucionario de los 60 y 70, cuando muchos autores y militantes vaticinaron una guerra de guerrillas continental para América Latina, automáticamente generada por las condiciones materiales de pobreza y subdesarrollo. Ambos enfoques encierran una intención política, pero uno nos lo muestra claramente y el otro no.
En septiembre de 1980, meses después de los sucesos de Caaguazú, un comando del PRT-ERP mataba a Anastasio Somoza, el derrocado dictador nicaragüense, refugiado en Paraguay bajo la protección del régimen. Fue una operación compleja, hasta estrambótica, que incluyó el uso de un lanzacohetes y de una casa de seguridad que el comando alquiló haciéndose pasar por un equipo de cine para rodar una película de Julio Iglesias (Veiga, 2020). Al enterarse de la noticia, en Managua restallaron fuegos artificiales, y en San Salvador los guerrilleros tomaron la catedral para repicar las campanas (Ceberio, 1980). En Paraguay, sin embargo, lo que quedaba de los movimientos populares pudo recibir la muerte de Somoza con un poco más de preocupación, intuyendo la nueva oleada de detenciones y desaparecidos que iba a suponer, una que perduraría hasta mucho después de que el comando argentino abandonara el país. Las coincidencias de la Historia hicieron que Somoza cayera abatido en la Avenida Generalísimo Franco de Asunción, bajo el amparo de Stroessner. Pero el paraguayo no fue derrocado por una insurrección y una ofensiva guerrillera, como el nicaragüense (1979), ni tampoco su régimen efectuó una transición democrática entre las corrientes reformistas en su interior y la presión de los movimientos populares en la calle, como había ocurrido en España (1975-1977). La caída de Stroessner ocurriría mucho después, en 1989, y por causas intrínsecas a su modo de gobernar, como la crisis económica que siguió inevitablemente a la modernización conservadora, cuando el crecimiento tocó techo y la colonización no dio más de sí; amén del abandono de su gran aliado y sostén, Estados Unidos, que con el fin de la Guerra Fría ya no necesitaba este bastión anticomunista en el Cono Sur. Estos problemas generaron una lucha de poder en el seno del Partido Colorado y las fuerzas armadas, que llevó a su consuegro, el general Andrés Rodríguez, a dar un golpe de Estado, en una salida que los Estados Unidos ya llevaban un tiempo contemplando (CIA, 1986). La hegemonía colorada se recicló en un proceso democrático, al tiempo que seguía expandiéndose el agronegocio, ahora fundamentalmente sojero y bajo la lógica neoliberal. En el cambio de siglo, entre continuidades y rupturas, esto desencadenaría otra ola de luchas campesinas, la llegada al gobierno de un antiguo obispo seguidor de la Teología de la Liberación y hasta la aparición de una nueva guerrilla, el Ejército del Pueblo Paraguayo. Pero esa ya es otra historia.
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ALN: Acción Libertadora Nacional (Brasil)
ELN: Ejército de Liberación Nacional (Colombia)
EPR: Ejército Paraguayo Revolucionario
FARC: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
FMLN: Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (El Salvador)
FULNA: Frente Unido de Liberación Nacional
M-14: Movimiento 14 de Mayo
MI: Movimiento Independiente
MIR: Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Chile)
MOEC-7: Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino 7 de Enero (Colombia)
MOPAL: Movimiento Paraguayo de Liberación
OPM: Organización Político Militar
PCC: Partido Comunista Colombiano
PCC (M-L)-EPL: Partido Comunista de Colombia - Marxista Leninista – Ejército Popular de Liberación
PCE: Partido Comunista de España
PCP: Partido Comunista Paraguayo
PDLP: Partido de los Pobres (México)
PRT-ERP: Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (Argentina)
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CV Gonzalo Pérez Méndez. Graduado en Historia por la Universidad de Oviedo, donde también cursó el Máster Internacional de Análisis Sociocultural. Autor del libro “La Ruptura que no fue: la izquierda radical, del invierno caliente (1976) a la reconversión industrial (1986)”. Ha centrado sus investigaciones en las transiciones democráticas, los conflictos armados desde la categoría de insurgencias y las izquierdas iberoamericanas.
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[1] Entendemos insurgencia como el estadio superior en el desarrollo de un grupo armado opuesto al Estado, con una sólida estructura militar, un tamaño considerable, un brazo político y apoyo de las masas. Las FARC o el FMLN fueron insurgencia. Las guerrillas paraguayas, como veremos, no llegaron a este nivel.
[2] Aunque de manera irregular, algunos sectores del Estado argentino apoyaron al M-14 en un primer momento (Arellano, 2004). Si bien estos rebeldes fueron brutalmente reprimidos, dada su opción por las armas, a lo largo de los 60 se produjo una progresiva integración de la línea oficial de los partidos liberal y febrerista en los procesos electorales, y así, en el sistema político de la dictadura (CIA, 1968)
[3] Este lineamiento estratégico, propio de una guerrilla de partido, separa el mando militar del político, quedando el FULNA supeditado a la dirección del PCP y acusando un distanciamiento geográfico en el contexto de la dictadura, al estar los guerrilleros sobre el terreno y la cúpula del partido en el exilio (Lo Bianco, 2014).
[4] Bajo su mando el PCP tomó un rumbo errático, de la huelga general (1958) al foquismo (1959), deviniendo en una malograda guerra popular prolongada (1960) tras el fracaso de la militarista columna Ytororó, con una extrema rapidez que no dejaba tiempo para madurar posiciones, reflexionar ni preparar a la militancia. Del mismo modo, Creydt tanto criticaba la pasividad de aquellos cuadros que, como él, permanecían lejos de Paraguay, como a los guerrilleros sobre el terreno, a los que achacaba una pobre formación teórica. La ambigüedad de la dirección de Creydt hizo que tanto surgiera una escisión prosoviética y totalmente opuesta a la lucha armada, el PCLP (Duré y Silva, 2004), como una guevarista y bastante más radical, el Comité Juan Carlos Rivas (Soler, 2021)
[5] Tanto las FARC como el PDLP surgieron a partir de expresiones de autodefensa armada en los movimientos campesinos, que luego evolucionaron a guerrillas ofensivas con el propósito de confrontar directamente al Estado y trasformar de forma sustancial sus sociedades.